domingo, 18 de junio de 2017

No voy a contaros una historia

No tengo nada sobre lo que escribir. Curioso, ¿verdad? Y aún así aquí me encuentro escribiendo acerca del tema de no tener nada sobre qué escribir. ¡Qué viva ser redundante!

Y bien es conocido, dicho, o al menos, alguna que otra vez así lo he escuchado yo, eso de que un escritor, al fin y al cabo, siempre acaba escribiendo sobre su vida. Comparto esta afirmación en su totalidad.

Primeramente entendamos el concepto "sobre su vida". A ver, que esto no es una biografía, no nos va a contar el momento en que dejó el pañal, o la primera vez que dio su primer beso. O sí, a lo mejor lo hace con otro nombre, con otra historia, pero recreando la misma situación. Pensando fríamente en esto, y considerando que ojalá pasara así con todos los escritores, podríamos reconstruir toda la vida de alguien por medio de sus palabras, siempre y cuando tuviéramos esa capacidad, ya sabéis, de distinguir lo real de lo ficticio, percatarnos de las exageraciones y saber que es una visión subjetiva.

Y si nos remontamos más atrás, y a una cosa que parece no tener sentido, hablamos del lenguaje. De lo evanescente que es, de cómo se pierde una enunciación en apenas segundos, y que si nuestra memoria no la retiene, se esfuma para siempre. Si por otra parte, nuestra memoria es capaz de asimilarla, cuando muramos, también se perderá en un vacío inexplicable.

Quizás por eso los escritores acaban escribiendo sobre sus propias vidas en mayor o menor medida. Porque lo que decimos no es eterno, porque contemos lo que contemos se olvidará, porque no hay mayor desgracia que caer en el olvido de la memoria. Así lo que escribamos, perdurará. Romperá con las barreras de esa extinción rápida, y, al final, quedará parte de nuestra historia, no tal y como sucedió pero sí con gran exactitud de detalles aunque sean otros nombres y otras supuestas historias.

Porque al final, quien las lea, nos estará reviviendo una vez que hayamos muerto.

martes, 6 de junio de 2017

El miedo a romperme

Hay un miedo que vive en mi,
uno que perdura,
y durará,
y que nunca se va a solucionar.

Hay un miedo que es una cicatriz,
un miedo que es herida de guerra,
que es la llaga creada por un hombre,
la sangre que brota del alma.

Puedo llamarla de muchas maneras,
aunque miedo es el mejor significante,
y lucho constantemente,
pero nada lo consigue frenar.

Late en lo más profundo,
temo a dejarme colgar porque
me hace recordar que me van
a volver a soltar.

Quizás no sea así,
no lo sé,
no lo sabré,
hasta que en el último momento lo descubra.

Ante de morir, lo recordaré,
reflexionaré sobre si así fue,
y veré quién venció,
si el miedo o el luchador.

Y vencerá el luchador
si así lo quiere el fiel guerrero
que ese miedo intenta espantar
intentando hacerme creer.

Y al final, en este triángulo,
miedo, luchador y guerrero,
solo dos van a quedar:
o yo con el miedo, o tú y yo hasta el final.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Tanto para al final... ¿qué?

Intentar no perder la cordura en estos momentos es bastante complicado. Y no, no hablo tan solo de exámenes. Hablo de todas las cosas con las que nos toca lidiar en nuestro día a día, a todas las gotitas que acaban llenando el vaso, a esa que lo desborda, a aquella que nos hace estampar el resto contra quien se interponga en nuestro camino.

A veces, estas situaciones son como las autovías eternas, esas en las que no ves el final, en las que te confías e ir a 120km/h te parece como si en verdad fueras a 70km/h. Te confías porque no ves que las cosas avancen, porque tus sentidos te engañan, y entonces tienes dos opciones: o eres consciente de esto, o te acabarás estampando, querrás acelerar más cuando sobrepasaste el límite hace un rato bastante largo.

Nos estancamos por semanas, haciendo lo mismo día sí y día también. Empezamos a perder de vista la meta, e incluso el camino ya recorrido. Vivimos con el miedo de fallar, pensando que no lo damos todo, porque no nos damos cuenta de que realmente lo hacemos. No nos permitimos ese porcentaje de error, no queremos asimilarlo e intentamos batallar aunque no podamos hacer más nada. Es un círculo vicioso al que todavía le falta tiempo para deshacerse.

Y la impotencia acecha, y las ganas de rendirse aumentan cuando de pronto fallamos en una de las miles de cosas que llevamos a la espalda. Se juntan la saturación con todo el tiempo invertido, y acabamos por no tenerlo para nosotros mismos.

Y, al final, entre todo, cuando consigues pararte a pensar por un momento, descubres que tienes que seguir nadando en este círculo, seguir dejándote llevar, por hacer lo mismo a la mismas horas todas las semanas que queden, para que, al final, solo nos quede la esperanza de esperar que todo haya salido bien. Solo esperar, porque es lo único que queda en nuestras manos.


martes, 9 de mayo de 2017

Un amor "clásico"

Voy a ser tu caballo de Troya, me colaré llena de sorpresas.
Voy a ser el volcán que acabó con Pompeya,
ser la bendita desgracia que ronda en tu día,
la impotencia de la distancia,
los suspiros al cristal cuando te marches,
y los besos que se queden en tus labios cuando no puedas darlos.

No voy a ser tu cura, posiblemente tampoco tu perdición,
no voy a depender de ti como no lo hice de nadie antes, ni tú querrás que lo haga,
no vamos a prometernos un "para siempre" pues sabemos que todo acaba,
solo disfrutaremos al grito de "esto es Esparta".

No seremos Apolo y Dafne,
no huiré de tus brazos, sino que buscaré el calor de los mismos.
No nos creeremos Zeus y Hera,
seremos mejores, y tú sabrás dejarte los pantalones puestos.

Hablaremos de las heridas de guerra,
sanaremos las mismas que nos hicieron
para poder rompernos luego nosotros si así lo queremos.
No contaremos el tiempo como un éxito,
no nos ataremos como lo hacen el resto,
no nos permitiremos caer,
y nos dejaremos las tonterías que a ninguno nos llenan.

No sabremos nunca si el hilo rojo se encuentra entre nosotros,
ni siquiera nos replantearemos lo que hacer a la semana siguiente,
no tendremos miedo a caer,
no nos asustará apostar y perder.
Amaremos la victoria como hicimos entre nosotros.

No quiero lluvias de oro,
metamorfosis en animales.
Tampoco ansío lo común,
amo los extravagante.

No seremos la pareja de la que más se habla,
no pasaremos tampoco desapercibidos.
No nos bajaremos la luna que de poco nos serviría,
mejor nos iríamos nosotros a disfrutar bajo la misma.
Y, por último, caería Troya, Esparta, Pompeya...
Caeríamos nosotros, con nuestros corazones a modo de bandera.

viernes, 28 de abril de 2017

¿Metáforas?

La vida es una metáfora, una metáfora única y particular. Sí, son conceptos similares, pero con matices distintos. Y ahí entra nuestra metafórica vida.

En nuestro día a día compartimos mismas rutinas con todo el mundo, nos cruzamos con determinadas personas en determinados momentos un día sí, y otro también. Compartimos las mismas sonrisas, lágrimas, abrazos y besos. Pero son vidas distintas. Somos personas con realidades distintas, y puntos en común. Esa es la grandeza de la primera metáfora de la vida, ser lo mismo en el mismo momento y en verdad ser totalmente distintos.

Y llega otra metáfora de la vida, aunque quizás a esta deberíamos denominarla como una ironía, o, incluso, el cachondeo del más allá sobre nosotros. ¿No sabéis ese momento en el que encuentras lo que buscas, y de pronto parece que otros tres te han encontrado a ti cuando ya estabas de antes? El clásico "ni contigo, ni sin ti", lo de siempre, el "cuando deja de ir detrás, voy yo, porque mi ego no se alimenta solo".

Y, la que más nos remata, luchar por algo que no se ve recompensado. Ponerse un objetivo, luchar, y no cumplirlo. Obviamente queda claro que de todo se aprende, pero la impotencia de saber que no hemos sido suficiente se queda ahí, y luego, ves a otra persona que no ha hecho ni el 15% de tu trabajo y lo ha conseguido. Y te replanteas en qué es en lo que has fallado realmente. Piensas durante días: "¿De verdad no he sido suficiente?".

¿Y qué nos queda después de sentir que la propia vida es una ironía, una metáfora si queremos ser positivos y creernos más poetas? Sobrellevarlas como podamos, tomárnoslas a chiste, e intentar aprender si realmente podemos de ellas. Saltar de una a otra, y disfrutar del viaje. Siempre disfrutarlo con una sonrisa.