lunes, 22 de junio de 2015

La palabras no siempre se las lleva el viento

A la carta le duele cada pinchazo con la punta del lápiz, cada tachón que damos cuando no concuerdan las palabras con nuestras emociones. Muchas veces el miedo nos puede, dejamos de conocer el qué debemos decir y cuándo debemos hacerlo. Cuesta escribir y cuando lo consigues, cuesta modelarlo para que la gente comprenda tu mensaje y no se vaya por las ramas. Cuando obtienes todo eso, lo vas trabajando, tu hoja ya no es un escrito, son líneas, flechas, tachones, rasguños y, otras tantas veces, acaba en la basura.

Luego llega el sentimiento de frustración, y no precisamente porque se encuentre implicada alguna fruta en este proceso. No. Pensamos en si es mejor escribir lo que sentimos o lo que la gente quiere oír y eso, eso es lo peor. Si quieres decir que algo lo has escrito tú, que sea tu realidad, no seas hipócrita, no juegues a dos bandas, enorgullecete de poder llamarlo tuyo pues el cuerpo muere más los pensamientos no, pero, cuidado, tampoco somos libres del todo, siempre hay que recordad que la libertad de uno termina donde comienza la del otro.

Y después de más de 20 palabras, la carta ya agoniza. Se escucha el leve gemido que emite cuanto más aprietas en ella al escribir. A veces se nos olvida que las palabras duelen por mucho que el viento se las lleve.


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