sábado, 19 de marzo de 2016

Amisha

Me llamo Amisha. Soy una joven de origen hindú, exactamente del estado Tamil Nadu y del distrito de Karur. Mi vida no ha sido un camino de rosas y esta es mi historia.

Nací un 5 de enero de 1989, en el seno de una familia humilde. Mi infancia fue de lo más normal, o al menos así la consideraba yo dentro del ámbito de una familia de la India. Envuelta en mi ignorancia no me percaté de nada de lo que ocurría a mi alrededor después de mi séptimo cumpleaños. Recuerdo ver a mis padres reunidos casi diariamente con las mismas personas. Unas veces los desconocidos acudían a mi casa, otras eran mis padres los que acudían a la suya.

Al hacer memoria, sé que un día llegué de jugar en la calle y vi cómo había una flor encima de la mesa. No supe que significaba ese gesto de entrega hasta años más tarde, aunque tampoco pasó demasiado tiempo.

Apenas iba a la escuela, pues en mi distrito era normal que las mujeres se quedaran en casa y así hacía yo. Ayudaba a mi madre y aprendí todas las tareas domésticas sin ni siquiera plantearme que hacían mis hermanos o mi padre casi todo el día fuera de casa.

Recuerdo que lo que más me gustaba de esos momentos era cuando tejíamos juntas. Hice un bordado en el que intenté representar la flor que vi. Por miedo a que mi madre lo supiera y temiendo las consecuencias que eso conllevaría lo escondí en un sitio en el que pensé que nadie lo descubriría.
A la semana siguiente desperté como cualquier día. Hice mis tareas correspondientes y pedí a mi madre poder salir a jugar un rato en el exterior. Mi madre me respondió con un tono dulce pero muy contundente que debía esperar en casa pues hoy esperábamos invitados.

El día había llegado. Me senté en una silla. A mi lado derecho estaba mi padre, al izquierdo mi madre. Delante de mí se encontraba la pareja de desconocidos que no veía desde, por lo menos, seis años atrás.

-Amisha, estos van a ser tus futuros suegros. Te casarás con su hijo dentro de cuatro meses.

Por un momento permanecí en silencio. No conocía a la persona con la que iba a contraer matrimonio ni veía normal casarme a esa edad.

-Cuando os caséis te irás a vivir con él y abandonarás el núcleo familiar. Estoy seguro de que seréis muy felices.

Mi padre pronunció con tanta firmeza esa última frase que aún la tengo clavada en mi cabeza.
Tuve pesadillas durante todo el mes siguiente. Mi mente daba mil vueltas. ¿Cómo una chica como yo podría casarse siendo tan joven? No era consciente de la realidad de mi mundo. Tenía quince años, ¿era eso lo que iba a querer de por vida? ¿Acaso ellos no veían al igual que yo que casarse debería ser por amor y no por obligación? ¿No tenía ningún derecho a reclamar nada?

Empecé a buscar información sin que mis padres se enteraran. Cuando salía era en busca de conocimientos, poder formarme como persona. Intenté que mis padres no descubrieran los lugares a los que acudía. Aprendí que debía ser alguien en el futuro y no limitarme con una persona de la que ni siquiera sabía la edad.

Por todo esto tomé una decisión radical cuando tan solo quedaba un mes antes de la boda. Me marché. Supe que mis padres solo se preocuparían por su propio beneficio, sabía que me estaban vendiendo, al fin y al cabo, al mejor postor.

Robé el poco dinero que tenían mis padres y, tras haber metido en una mochila todo lo que consideré oportuno, incluido el pañuelo que tejí, abrí la puerta mientras mis padres descansaban y en silencio salí poco a poco. Cuando había pasado por toda mi calle comencé a correr. Sabía que necesitaba salir de mi distrito ese mismo día si, al menos, quería pasar la noche sabiendo que no me encontrarían tan pronto.

Los medios de transporte dentro de Karur eran escasos y la gran mayoría eran coches que se caían a pedazos. Tuve que andar hasta las afueras para poder coger un tren. Al día siguiente ya me encontraba en la frontera entre Andhra Pradesh y Telengana. A la semana llegué a Pakistán. Cuando bajé del tren tuve un impulso y tiré el pañuelo al suelo. No conocía el idioma, no sabía su cultura, desconocía que mi dinero no era válido y, por aquel entonces, ni siquiera sabía el nombre del país pero sí sabía que ya no me encontraba en la India.

Una vez allí me senté dentro de la estación. No hice nada. Pensé y pensé qué hacer en ese momento pero estaba demasiado cansada y confusa. Al rato se me acercaron dos personas. Me hablaban y deduje que me preguntaban cosas pero no entendía nada. Esa noche dormí con otras niñas pues me llevaron a un lugar totalmente nuevo para mí. Dentro había mucha gente, especialmente niños, niños muy distintos unos de otros. Pasé cerca de cinco meses allí, incluso cumplí los dieciséis años con ellos. Me enseñaron muchas cosas, entre ellas el idioma, a leer, sumar, restar e incluso hablar un poco de inglés. Aunque al principio me costaba, me acostumbré a esa vida y comprendí que era mucho mejor de la que yo tenía, al menos me estaban dando una educación por minúscula que fuera.

Un día me presentaron a una familia de Arizona. No sabía dónde se encontraba pero sonaba bien. Me fue difícil despedirme de ese entorno al que me había acostumbrado, me costó incluso más que escaparme de mi casa. Esa familia me dio una educación y un futuro. Aprendí que las mujeres no tenían motivos para quedarse en casa obligadas sino que podían trabajar como veía que hacían los hombres. Vi que me respetaban tanto como a los hombres y me creían capaz de hacer tanto como ellos.

Ahora ya tengo veintiséis años. He vuelto a mi país y lo he hecho para demostrar que las mujeres no somos inferiores a los hombres. Quiero proporcionarle a cada persona una educación, quiero hacer ver al mundo que la mujer puede trabajar tanto como el hombre y que se la ha de respetar de la misma manera.

Soy embajadora por los Derechos Humanos. Por los derechos de todas las mujeres y todos los hombres. He visto cómo las mujeres han llevado sin trabajar años, siendo obligadas a permanecer en sus casas realizando las tareas diarias. He visto como se las ha aceptado dentro del mundo laboral y han sido explotadas durante muchísimo tiempo y considerándolas inferiores a los trabajadores masculinos cuando llegaban incluso a realizar un trabajo mejor que estos. A pesar de todo esto, he visto como han seguido luchando y no se han rendido nunca a pesar de las injusticias. Las han gritado y luchan por todas las mujeres todos los días demostrando que somos tan capaces como hombres de realizar las mismas tareas.

Me llamo Amisha. Soy una joven de origen hindú, exactamente del estado Tamil Nadu y del distrito de Karur. Mi vida no ha sido un camino de rosas pero sé que he nacido para luchar por mis derechos, por los de las mujeres de la India y del mundo y por gritar las injusticias.

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