martes, 29 de marzo de 2016

Tempus fugit

-¡Buenas tardes! Muchas gracias a todos por su presencia. Me gustaría empezar diciendo que sé en lo qué están pensando. Por sus cabezas ahora mismo solo pasa la siguiente pregunta: “¿qué hace una mujer tan mayor dando charlas a personas jóvenes como nosotros?” Pues bien, chicos, chicas, sé que soy una persona mayor, una anciana, una carcamal y me llamo Rosalía. Sí, queda claro que no soy española, aunque llevo viviendo aquí durante más de veinte años.

Me he pasado mi vida intentando ser feliz, aprovechando cada oportunidad que me brindaba la vida, y, creerme, han sido pocas. A pesar de todo ello, he seguido luchando hasta llegar hoy a aquí. Día 25 de enero de 2023. Martes. ¿Increíble el paso del tiempo verdad? Mientras me escucháis están pasando más de diez segundos. Ahora mismo han nacido cientos de niños y han fallecido miles de personas.
En este pequeño tiempo se podrían salvar muchas vidas en un quirófano o incluso se podría encontrar la cura para alguna enfermedad, aunque lo más probable es que también haya gente ahora que esté siento asesinada.

Me gustaría que centraseis totalmente vuestra mirada en mi. Observarme por tan solo un momento. Capturar todo vuestro entorno como si fueseis auténticas cámaras fotográficas. ¿Irónico verdad? Habéis gastado tan solo tres milésimas de segundo en guardar algo que permanecerá durante años en vuestras memorias, pero no os hagáis ilusiones. Se borrará. Y cuando algún día vosotros muráis, el recuerdo pasará a ser algo olvidado.

Ahora, decirme, ¿qué os parecen estas enormes cortinas rojas? ¿Y este color de madera? ¿Y las abominables pero estrechas butacas azules en las que os encontráis sentados ahora mismo?. Detrás de ellas, hay una serie de personas que han invertido su tiempo en realizarlas, personas que se han esforzado, personas que han trabajado. Después de ese pequeño sacrificio, alguien se encargó de colocarlas en este lugar. Y otra persona totalmente distinta las limpia día a día. ¿Sabéis cuántas personas han podido pasar por ellas? ¿Todo lo que pueden haber vivido a pesar de ser seres inanimados? Al mismo tiempo que vosotros os encontráis ahí sentados, los que anteriormente estuvieron en vuestro lugar, están teniendo sus vidas y posiblemente hayan podido pasar años desde entonces.

Mirad, posiblemente puede que no entendáis bien por dónde intento guiar este pequeño monólogo. Solo os diré dos palabras. “Tempus fugit”. Y sí, pasa. Pasa muy rápido.

Os pondré mejor el ejemplo de mi vida para que lo entendáis. Cuando yo nací ni siquiera era consciente de mi propia existencia. Fui creciendo y como para todo niño, el paso del tiempo no era un tema que le quitase el sueño, lo más probable es que ni siquiera se hubieran planteado la posibilidad de que estuviera ese tema en el mundo. Estudiaba muchísimo intentando ser alguien en la vida.
Empecé a tomar conciencia de mi alrededor y me fui abriendo al mundo. Ya no pensaba en mí misma como única persona en este mundo sino que me volví más solidaria, sufrí un cambio como la poesía de Miguel Hernández en su libro “Viento del pueblo”. Ya no me fijaba en mis problemas, que podían ser más o menos importantes, sino en todos aquellos que incumbían al mundo.

Cuando estaba a punto de terminar mis estudios y poder entrar a la Universidad para estudiar filología clásica a mi padre lo destinaron a España para trabajar. Como es obvio hasta aquí nos vinimos mi padre, mi madre, mis dos hermanos, mi hermana, nuestro gato y yo. Comencé a estudiar aquí sin conocer absolutamente a nadie. Lo que más me chocó de mi cambio fue entender que no nos separaban tantas cosas y que hasta nuestros problemas eran similares. A mediados de mi carrera mis padres me permitieron el lujo de ir a compartir piso con dos amigas que conocí nada más entrar en la Universidad.

Acabé la carrera. Ahora imagínense muy bien lo que voy a narrarles. Me encontraba sola en mi habitación del piso compartido, empaquetando todas mis posesiones porque ya teníamos que dejarlo, y al observar aquella habitación blanca tan vacía y sola comprendí que ya habían pasado cuatro años desde que mi vida cambió radicalmente. Cambié de aires y cada vez me alejaba más de mi familia para algún día intentar formar la mía propia. Y recuerdo que pensé “¡qué suerte tendrá el próximo estudiante que venga!”. En ese mismo instante me di cuenta que quizás alguien estaba viviendo lo mismo que yo viví cuatro años atrás, que alguien iba a comenzar una nueva etapa y que el tiempo no se detenía para nadie. Desde aquel momento mi mayor miedo fue que el mundo se olvidara de mí. Sentía la necesidad de hacer algo verdaderamente grande y honorable, algo de lo que no se dejara de hablar nunca.

Siguió pasando el tiempo y encontré lo que aquí llaman “el amor de tu vida”. Pues bien, yo encontré el mío y créanme, fue una simple casualidad. Todo comenzó una tarde de verano, todo era increíble, perfecto, nuevo. Era digno de recordar. Era lo que yo nunca iba a olvidar. Con esa persona pasé mas de treinta y tres veranos como el de entonces. Formé una familia junto a él hasta que el tiempo y el cáncer me lo arrebataron. Pero, ¿sabéis qué? Siempre he pensado que una persona nunca muere del todo. Estará vivo mientras lo tengas en tu memoria, corazón y mente. Mientras esté presente todos los días en tu vida. Yo sabía que él nunca sentiría ese miedo al olvido y al paso del tiempo. Él sabía tan bien como yo que nunca iba a olvidarlo y, ahora, se lo cuento a ustedes para que también se acuerden de él. Para que el día que yo falte no muera conmigo sino que permanezca en el conocimiento de muchas personas. No quiero ser yo la que rompa esa cadena.

Y siguió pasando el tiempo con él, ya les he dicho que exactamente fueron treinta y tres veranos más. Me dio muchísimas cosas buenas, también disgustos, pero no eran nada comparados con las alegrías. Me concedió mis dos mayores tesoros, mis dos hijas. Y, ¿recuerdan que les dije que todo pasa? A mis hijas también se las llevó el tiempo y el cáncer. La primera murió cuando tan solo tenía diecisiete años y la segunda hace tan solo dos años. Duele. Duele mucho, pero sé que nunca se irán del todo. No quiero ser yo quien se las lleve a la tumba junto con mi difunto esposo.

Las echo de menos. A veces más de lo que debería. El tiempo también se llevó a mis padres e hizo que mis hermanos y yo nos distanciáramos. ¿Se podría decir que estoy sola en la vida? Pues sí señores. Estoy sola en la vida pero sé que al igual que yo no los olvido, ustedes tampoco lo harán y estén donde estén siempre me están ayudando y observando.

Como les he dicho anteriormente, el miedo al olvido era uno de los más importantes y al ver lo rápido que ha pasado toda mi vida ese miedo aumenta por segundos. Sé que cada vez que mi corazón late es un latido menos. Temo a la muerte. Temo a ese tiempo que se ha llevado de mi lado a todas las personas que he querido y que querré jamás.

Cuando me vi totalmente sola pensé hacia mí misma que no podría dejar que mi familia cayera en el olvido cuando mi tiempo se agotase y que la única solución era hacer que no se olvidaran de mí. ¿Quiénes? Eso no importaba. Hay mucha gente en el mundo que tampoco conozco pero solo quería darme a conocer.

Mírenme. He venido aquí con este miedo. Un miedo al olvido ocasionado por la fugacidad del tiempo. Por favor, no me olviden. No olviden a nadie de su entorno. Vivan el momento.  No necesiten de trenes, sean ustedes sus propios trenes.

No dejen que la vida se les pase tan rápido como a mí me ha pasado. No dejen que nadie les diga de qué son capaces y de qué no. Salgan al mundo y regalen su mejor sonrisa. No sean egoístas, piensen en los demás. Compartan. Den gracias. Y, ¿quieren el consejo del vago? Para poner una cara seria o triste se necesita mover más del doble de músculos que para poner una sonrisa. ¿Me hacen un gran favor? Sean vagos y vayan sonriendo a diario. No sean dramáticos. No sean extremistas. Los extremos no son buenos. No todo es blanco o negro, también existe el color gris.

Y, como siempre se ha dicho, no seré yo menos. Mi consejo sobre algo que deben hacer antes de morir es escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Yo ya he tenido hijos, he plantado decenas de árboles y estoy escribiendo mi tercer libro. ¿Cuánto le queda a ustedes para lograr ese objetivo y vencer la fugacidad del tiempo y el temor al olvido?

Rosalía bajó del escenario. Mientras bajaba el tercer escalón miró al público ojiplática. Aplaudían y aplaudían y tan solo supo soltar una lágrima de agradecimiento. Sabía que nunca la iban a olvidar, y tampoco a su familia.


3 comentarios:

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  2. Lo amé, Bea.
    Me hizo pensar muchas cosas este relato.
    Tan las sigo pensando que no sé qué decir, me he ido.
    Es genial :D

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    1. ¡Muchísimas gracias! Me hace muchísima ilusión ver que te gusta :)

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