martes, 19 de abril de 2016

Sensaciones irónicas

¿Sabéis esa sensación de intentar aferrarse a una idea? Una idea en la que crees que algo va a ocurrir, que tienes la sensación de que va a pasar, que sientes la necesidad de que suceda. Quedarte en un lugar pensando que va a venir alguien a buscarte, pensar que alguien te necesita y va a querer invertir lo más valioso que tiene, su tiempo, contigo. Permaneces en ese lugar porque te haces creer a ti mismo que si te vas, la otra persona vendrá y tú no estarás y no os encontraréis por tu culpa. Piensas que si permaneces en tu sitio, si al menos no ocurre lo que deseas, no será porque tú no hubieras cumplido.

Y la cabeza te da mil vueltas. Y ese sentimiento, esa creencia, sigue siendo superior a ti. Sabes que es imposible que ocurra, que nadie va a mover cielo y tierra por pasar un rato contigo pero te aferras, te aferras como si al soltarla fueras al caer al vacío. Te rompes por dentro y te quedas llorando mientras te viene el remordimiento de saber que ibas a acabar así porque no ocurriría.

Y lo pasas mal, francamente mal. Y a la semana siguiente vuelves a tener el mismo pensamiento, y pueden pasar años que no aprendes la idea. Siempre es lo mismo, siempre esperas que realmente ese día se cumpla. Siempre esperas que a alguien le importes, que alguien te quiera tanto como para echarte de menos y desear ir a verte.

Y un día te cansas. Te convences de que no puedes seguir esperando porque realmente necesitas que ocurra. Te miras en el espejo y estás tan roto que ni siquiera eres capaz de reconocerte. Intentas pegar todas tus piezas y sales de tu casa. Comienzas a andar, coges un bus y un tren para poder llegar al sitio donde sabes que estará la otra persona y, entonces, te das cuenta de que no ha servido para nada. Habéis seguido discutiendo y te has roto más. Y lo más doloroso es que a pesar de romperte te ha servido de consuelo, y es irónico que lo que antes te daba la vida ahora te la quitara de esa manera.


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