domingo, 30 de octubre de 2016

La pesadilla

Despierto en la nada, o quizás no soy nada. He escuchado muchas veces que polvo somos y en polvo nos quedaremos. ¿Algo peor que sentirse muerto en vida, deseando que alguien escuche tus insonoros gritos de ayuda?

Pasan los días y sonreír me desgarra el alma. Sigo tumbada en el mismo lugar en el que desperté. Ni siquiera sé el tiempo que llevo aquí, el sueño va y viene acompañado de pequeñas o largas cabezadas; ni siquiera eso sé, porque esta oscuridad ha impedido todas mis posibilidades de calcular el espacio temporal por mis sentidos.

Vuelvo a despertar y me siento atada de pies y manos. Inevitablemente, cae una lágrima de mi ojo derecho. Estoy empezando a notar miedo, y, aunque intento sonreír, nadie entiende mis gritos de auxilio que realmente esta intención esconde.

Ahora estoy atada, atada a algo que ni siquiera recuerdo haber buscado, algo que ha llegado a mi de manera extraordinaria. Comienzo a llorar de impotencia, me siento recluida. Lo estoy. Me ahogo en mis propios gritos que solo llenan este monótono silencio, y comienzo a notar como mi corazón se acelera. Ahí viene una taquicardia. Sigo gritando, ahora las lágrimas me ahogan. Intento mantener la calma, aunque ya he entrado en pánico. Todo está oscuro, no veo nada, estoy ciega.

Despierto. Despierto en shock, con sudores fríos y el corazón acelerado. Todo ha sido una pesadilla. Una horrible pesadilla de dos años. Sigo en shock, como si todo esto hubiera sido una gran mentira, como si me hubieran encerrado en un horrible zulo, guiándome a su antojo, encerrándome en mi misma.

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