domingo, 18 de diciembre de 2016

Tú, mi más temida pesadilla.

Esta noche te he vuelto a ver. Estabas ahí, tumbado conmigo, mientras la lluvia caía fuera. Solos tú y yo, sin nadie más. Era de madrugada y me abrazabas, me besabas, me querías. Todo eso ocurría después de un encuentro un tanto extraño, como nuestra relación. Todo iba despacio, pero a la vez sucedía a la velocidad de la luz. Al principio no supe ponerte rostro, hasta que todo se volvió más nítido.

Fue un día genial. Hicimos todo lo que quisimos en los lugares que más nos gustaban. Fuimos a nuestro sitio de comida favorita y reíamos sin parar. Me abrazabas, me besabas de improvisto, sonreías por la calle, y, a toda persona que pasaba a nuestro lado, los mirabas como si te regocijaras dando gracias por llevarme de la mano, como si fueras presumiendo y luciendo un premio, como cuando entre las sombras encuentras una luz que te indica cómo y por dónde seguir.

Todo era genial, aunque no estaba cómoda. Te veía ilusionado y no sentía nada. Era como una cárcel para mi alma, privada de libertad, privada de paz interior, privada de todas las cosas buenas que surgieron en mi vida tras tu cobarde huida.

Menos mal que desperté, que la horrible pesadilla solo había sido un producto de mi imaginación, y que no me volvería a tocar vivir lo mismo. Doy gracias de haber despertado.

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