viernes, 17 de marzo de 2017

Un capullo que florece

   "Tantos capullos a la espalda que ya me brotan flores". Y se me olvida, y se nos olvida, que todo es una prueba y ensayo, que para conseguir algo, debemos perder otro algo. Los capullos son necesarios para que crezcan las flores, la sal es necesaria para curar las heridas, y los golpes son la causa y razón de nuestra fortaleza interna.

   Y la esperanza no es nuestra amiga, nos ilusiona y nos ahoga; nos eleva para dejarnos caer contra el suelo, para despertar con el golpe. Y si no despiertas, no te preocupes, no hay problema, ella está ahí para repetir siempre la misma historia.

   Un capullo, como la lluvia o un día nublado, puede ser bonito. Puede ser más que bonito, puede ser encantador, único, increíble, desgarrarte la piel en un segundo, convertirte en polvo con un solo soplo. Cuando se juntan las condiciones necesarias caemos en la trampa de creer que podemos cambiar algo malo u horrible en la obra de arte más espectacular que haya podido contemplar cualquier persona a lo largo de toda la historia de la humanidad.

   Un capullo puede ser como una piedra con la que puedes tropezar mil veces y, de esas, mil y una ser a propósito, porque quieres tropezar, porque incluso la caída te llena más de lo que han hecho el resto de capullos o piedras de nuestros tropiezos.

   Un capullo puede pudrirse, morir junto a otros y ser el beneficio del resto, o puede abrirse y volverse la flor más hermosa y acojonantemente asombrosa que nuestras manos puedan entrelazar entre los dedos sus hojas más débiles para así protegerlas y no dejarlas morir.

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