miércoles, 24 de mayo de 2017

Tanto para al final... ¿qué?

Intentar no perder la cordura en estos momentos es bastante complicado. Y no, no hablo tan solo de exámenes. Hablo de todas las cosas con las que nos toca lidiar en nuestro día a día, a todas las gotitas que acaban llenando el vaso, a esa que lo desborda, a aquella que nos hace estampar el resto contra quien se interponga en nuestro camino.

A veces, estas situaciones son como las autovías eternas, esas en las que no ves el final, en las que te confías e ir a 120km/h te parece como si en verdad fueras a 70km/h. Te confías porque no ves que las cosas avancen, porque tus sentidos te engañan, y entonces tienes dos opciones: o eres consciente de esto, o te acabarás estampando, querrás acelerar más cuando sobrepasaste el límite hace un rato bastante largo.

Nos estancamos por semanas, haciendo lo mismo día sí y día también. Empezamos a perder de vista la meta, e incluso el camino ya recorrido. Vivimos con el miedo de fallar, pensando que no lo damos todo, porque no nos damos cuenta de que realmente lo hacemos. No nos permitimos ese porcentaje de error, no queremos asimilarlo e intentamos batallar aunque no podamos hacer más nada. Es un círculo vicioso al que todavía le falta tiempo para deshacerse.

Y la impotencia acecha, y las ganas de rendirse aumentan cuando de pronto fallamos en una de las miles de cosas que llevamos a la espalda. Se juntan la saturación con todo el tiempo invertido, y acabamos por no tenerlo para nosotros mismos.

Y, al final, entre todo, cuando consigues pararte a pensar por un momento, descubres que tienes que seguir nadando en este círculo, seguir dejándote llevar, por hacer lo mismo a la mismas horas todas las semanas que queden, para que, al final, solo nos quede la esperanza de esperar que todo haya salido bien. Solo esperar, porque es lo único que queda en nuestras manos.


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